-No éramos unos niños comunes... Nos hartaba la tele- me dijo a la orilla de la alberca, golpeada por ese sol quemante de miércoles, tratando de encontrarle razón, luz, a este túnel donde no le puedo sostener la mano.
Le respondí algo, no recuerdo. Pero me quedé pensando en esa bella época donde todos salíamos en la bici, en esa que no circulaba como los autos de nuestros padres, en que caminábamos por las calles indemnes de nuestro Coyoacán querido para ir de una casa a otra o encontrarnos en el jardín y las escuelas que nos vieron crecer.
No encuentro luz porque es ella quien tiene que encenderla. Y me siento jodidamente impotente, porque desearía que nada de lo que la ha lastimado hubiera pasado. Quiero volver a ser niña y jugar al turista -aunque no me guste-; comer hot cakes, que me haga dibujos, que peleemos, que su madre me corte el cabello. Que vuelva de cabeza a las iglesias y a esas almitas taconeando con aquellos zapatos rojos, medias blancas de inocencia y vestido a bolitas de provocación totalmente inconsciente. Como muchos de sus actos. Como ella. Como todo.
Que este pinche mundo no la trate como lo ha hecho.
Que ese espíritu libre vuele, si ese es su destino, en la tierra de las mariposas, las mismas que tapizan la cocina de su casa; la de las plantas, los grandes ventanales, el olor a pintura, a cigarrillo, a madrugadas, a mercado en la esquina. A infancia y a destino.
Que siga sonriendo en su particular manera de ver las cosas y que, gitana, lea su propia mano para que encuentre la luz, para que siga siendo mi bruja y mi adoración. Mi cómplice de conciertos.
Mi vida plena...