14.2.12

El recurrente día de sol de febrero (o por qué me rendí cinco segundos ante tus ojos)

Que te inventas el aniversario, no. Lo recreas en el rincón más cálido de tu corazón. Aunque después viene la duda. Si habrá sido un lunes, ese lunes? O no? Y te vas al dato duro. Sí era lunes porque el primer acercamiento, asombro en mano, fue con unos chocolates embusteros que me dio no se quién el miércoles siguiente, por el 14 de febrero. Entonces sí fue un lunes. Ese lunes. Esa tarde de invierno.
Y esa mirada.

***
De recuerdos y memorias selectivas de ti, vivo. La ensoñación de las vacaciones en esa palapa solitaria es más vívida que las interminables madrugadas de música y humo y cerveza y silencios. Quizá nunca fue como lo recuerdo. Ni tan electrizante ni tan impactante. Miento. Impactante sí que lo fue. Y cómo no, si eran tus ojos, tus manos, tu agazapamiento. Un reto al pie, el que me sacudió de inmediato. El que cambió mi vida durante mucho tiempo.

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Pues como dicen que pasa en los sueños, no recuerdo toda tu cara. Sólo esa gorra roja de los Diablos. Sólo esa sudadera que hoy me sigue pareciendo el remanso del alma. Y en el caos del conocimiento, volteé a verte. Las cinco de la tarde más o menos. Aún me confundía con quién era quién. Pero decían que mordías. Que había de tener cuidado. No lo tuve y aquí me tienes, con lo justo para dormir, con la vida para soñarte. Eso nadie me lo quita: el alma es nuestro único territorio independiente. De ahí sigues siendo todo lo que siempre querré.

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¿Y escribirlo ahora y no antes? Es esta necesidad de despedirme sin irme del todo. Por eso bajé. No fue a las cinco sino muchas horas después. En el sitio cero había alguien más y la luz no rebotaba en tu Mac. Ahora -y como siempre- estabas dándole la espalda al universo. Invadí. Logré una sonrisa. Unos cuantos atisbos de lo que fue. Me dio un poco de miedo verte más viejo. No sé si fue la luz artificial sobre tu cabello o tu rostro. Pero vi tus ojos. Mis ojos de miel. Valió la pena el día. Valiste seis años en mi vida. Valió este universo. Tu mirada siempre, siempre, lo valdrá todo.
Y eso, en el territorio de los recuerdos, aquella otra parcela apacible, es todo.

9.2.12

seis años seis años seis años seis años seis años seis años

Quiero ser breve. Sé que si no lo soy comenzarán a abrirse heridas, a desempolvarse cajas y me derrumbarán con sus recuerdos de rostros y decenas de hojas recicladas que han pasado por mis manos.
Un sexenio atrás llegaba con mi ridícula blusa verde y mis pantaloncitos formales a una entrevista que de facto fue mi primer día de trabajo en Milenio. A esa misma hora, un sexenio después, estaré dirigiendo una junta de televisión.
Pasan las cosas y la gente y las emociones y la vida en un sitio donde si hurgo, sé que encontraré una revista, un recorte, algo de aquellos días. A nadie le van las remodelaciones. Mucho menos a todos mis recuerdos. Y aunque ahora esté dos pisos arriba, no sé si mi vida haya subido de nivel.
Y no es de lo profesional de lo que hablo. Ahí, para bien o para peor, y a pesar del constante estancamiento que se siente cuando uno arrastra las almas de decenas de personas no hacen lo que deben (una "injusticia"), siento y veo todo como en una orilla, como si aún me faltara por sumergirme en aquello que ignoro.
Tan sólo ayer, en el último día del año cinco, hice esto. Lo más importante es que no perdí mi capacidad de asombro.


Pero es lo otro, la otra yo. La del sexenio anterior y la de éste.
Ahí es donde el abismo está siendo un constante empuje, un recurrente desalojo sin que haya un habitante nuevo.
Y como ayer, sólo espero otro rayo de sol, otra ventana, otro de esos raros días de febrero. Una mirada...