No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo.
J.D. Salinger, The catcher in the rye
Lo reconozco. No soy la mejor lectora del mundo, aunque tampoco me entusiasma serlo. Es por un solo motivo. Los libros me dan lo que necesito en el momento justo. Son oportunísimos. Fue uno de un autor español hace unos meses el que me ayudó a llevar mejor la muerte de mi mejor amiga; después pensé que lo sería otro llamado "Alta fidelidad" para entender mejor a alguien , pero lo dejé a la mitad (algún día lo retomaré). Ya no era necesario. Y no los leo precisamente por esperar encontrar algo. Llego a esa conclusión hasta que cierro la última página. Aunque he de reconocer que me guío mucho por el título en esa necesidad de darle paz a mis tormentas, a mis preguntas.
¿Por qué he dicho esto? Ah, sí. Porque estoy regresando a mi espacio con miedo. Me he percatado que eso que nutría (desde mi perspectiva) este espacio se encuentra vacío. Por llamarlo de algún modo, los vuelcos del corazón. No hay mucho tiempo para eso desde hace varios meses. Y porque la situación verdaderamente me aterra es que me trago esa sensación, lista para teclear.
La frase de Holden Caulfield sintetiza mi poca -o mejor dicho, nula- gana de escribir. Ya no quiero echar de menos ni añorar cuando había motivos para ponerme loca de contento por los ojos de alguien. Y no sólo pasa por ese sector el asunto, sino por los días en que había esa posibilidad de matar el tiempo y entonces se volvía el catalizador de las historias y las reflexiones más serenas. Creo que por eso es que tomé vacaciones. No tanto por el cerco administrativo de hacerme de unos días antes de cumplir un año más en Milenio. Quería ocio, no pensar, no angustiarme, no tener que medir mi jornada y mi pensamiento en función de bloques, full tracks o bites. Si bien sólo es una semana, hacer cualquier otra cosa que estar pegada a ese puto ENPS me hará bien para volver a planear y abrir los ojos, respirar aire de mar. Abstraerme rascándole la panza a mi perra.
Y en esas estaba el sábado por la tarde, sentada en el gélido pasto de las islas de CU, cuando un niño llamó mi atención. Pirinola de no más de cinco años. En un monopatín. Disfrazado de Batman. Empezó a jugar con otros chicos. Se caía y volvía y echaba a correr como si se fuera a terminar el oxígeno. Se parecía tanto a ti de niño, con tu casco de futbol americano y tu mirada chueca. Creo que también su nombre terminaba con "O". Me hizo sonreír y respirar en paz. Un bello rato de ocio que llenó mi tanque.
Y decidí escribir de nuevo. Qué importa echar de menos si siempre en esa añoranza vendrá la sonrisa del recuerdo maravilloso de haber estado juntos compartiendo un pedazo de vida.
Mañana me desharé de muchas cosas que no me sirven. El miércoles inicio semestre. El jueves tomaré un avión para reunirme con familia en la que echaré de menos las navidades con olor a Bacardí y cigarrillo, un frío del carajo y el regreso a casa frente a los velatorios del ISSSTE en San Fernando. El domingo estaré aquí y el lunes, de nuevo a intentar sacar el mejor noticiario.
Por lo pronto leo "El libro de las ilusiones", de Paul Auster.