En aquel entonces nada podía ser más chingón que tenerla al lado. Solidaria, buena persona, confidente, compañera; se podía comadrear y contar con ella para lo que fuera. Sus emociones eran las mías. Mis preocupaciones y éxitos corría a compartirlos con ella... Todo lo que pude amar a una persona, en ese plano, lo sentí con ella. Era mi amiga y la quería mucho.
Hasta que me hizo la chingadera más grande del mundo... en complicidad con alguien más, de quien, quizá, lo puedes esperar. Pero la decepción más grande vino de ella; de su actitud. De repente no pude creer en una sola de sus palabras ni de sus gestos. Jamás sería y ha sido como entonces.
Sé que en este momento, en que no figura en absoluto en mi vida, viene al caso hablar. Pero de repente fue como expulsar un tumor que traes arrastrando desde hace meses. Y aunque no lo estoy haciendo completamente, hoy en este espacio mío quiero decir y compartir cuánto me duele haber perdido a esa persona, a esa amiga, porque ya jamás, aunque pasen los años, volverá a ser lo mismo. Y no es por una incapacidad para perdonar, sino para creer.
Sé que le está yendo bien y me da gusto.Sé que ha logrado lo que se ha propuesto, a costa de cualquier impedimento. Sé, también, que seguirá, como el primer día, en busqueda de su propio ser... pero también sé (y eso es lo que más me duele) que pese a que tuvo la oportunidad de ser feliz a costa mía, no lo quiso aprovechar, no se quiso arriesgar y dejó en una bonita apariencia de vida, el desperdicio de su felicidad. Eso sí es de dar pena...